martes, 22 de junio de 2010

GAJES DEL OFICIO DE SER MÚSICO. ¡LOS ASALTOS!. UNA HISTORIA VERDADERA.

 Retornábamos de una noche negra en todo sentido. Confiados en "nuestra prodigiosa memoria", habíamos citado a nuestros músicos a un determinado lugar y, equivocádamente, no correspondía. Sería la siguiente semana. Mientras tanto, en el lugar que si correpondía y ya fuera de hora, el enojo era evidente y teníamos reproches por nuestra irresponsabilidad. No hubiera costado nada recurrir a la libreta de apuntres y haber constatado ambos compromisos. Nuestra confiadez, produjo resultados que jamás hubieramos imaginado. Resultado, tener que pagar a los colegas sus honorarios, sin haber percibido pago alguno.

Insistir en nuestras disculpas con nuestro cliente afectado y que, debido a nuestra reconocida seriedad por muchos años de servicio, se aceptaron semanas después. El retorno a casa se tornó deprimente y ni siquiera pudimos salvar la noche en una Peña Criolla que, siendo viernes, había sido suspendida. Estábamos de mal humor y en el transcurso del viaje lo comentaba con mi movilidad, quien fuera Don Enrique Robles, un gran profesional. Daba la medianoche e ingresábamos a la Urbanización Tungasuca en Carabayllo. Justo al girar una esquina, sorpresívamente advertimos la presencia de una dama apoyada en una motocicleta.

Al frenar Enrique, tres facinerosos asaltantes emergieron de la oscuridad y encañonándonos con pistolas, nos obligaron a bajar de la camioneta. Respiré profúndamente y me encomendé a todos los Santos, a mi Angel de la Guarda y al Divino Jesús. A Enrique, lo habían golpeado y tirado al pavimento de la pista. Para mi era difícil salir del vehículo porque portaba sobre mís rodillas un pesado amplificador. Los ojos del sujeto que me encañonaba, brillaban con la luz de nuestro carro. Abrí la puerta y sin amilanarme, no se cómo, le solté un puñado de frases que turbaron al pistolero y cambió de actitud de manera asombrosa.

Quizá mi voz, en medio de esa soledad y silencio, dejó atónito al miserable que, confundido, al verme con mi vestidura de artista y muy elegante, trató de mentirme diciendo que eran detectives en busca de asaltantes que les habían robado su automóvil. Aprovechando esa circunstancia y al divisar a una cuadra a un grupo de evangélicos que salían de su sesión, volví a la carga con un palabreo que ahora no recuerdo pero que, en síntesis, era mi agradecimiento por la presencia de tan "gratos policías". La mujer de la moto, advirtió al asaltante confuso y le hizo notar su falla. Traté de ignorarla y seguí con mi verborrea de locutor.

"Confiado en nosotros", nos pidió que lleváramos al supuesto "robado" hasta la Av. Tupac Amaru en Comas. ¡Acepté con mucho gusto!. Mientras nos seguían 2 en la moto, Enrique enrumbó hacia el puesto policial de Santa Isabel y se oían sus disparos al aire. El transportado pidió lo dejáramos y con gran suerte llegamos a dicho lugar y recibidos por 2 agentes. Reducido el facineroso, confesó su delito. Cerca a nuestro hogar, mi chofer prorrumpió en un llanto incontenible y me agradeció el habernos salvado de una manera verdaderamente milagrosa. Reconocía su culpa por viajar por sitios solitarios y oscuros.

Al lunes siguiente, las noticias daban cuenta de una banda de asaltantes capturada en el cono norte. Eran los mismos de este relato. Dos semanas después, coincidencia o no, en el mismo lugar de dicho atraco, Enrique era vuelto a asaltar y asesinado con ráfagas de metralleta y con su hijo menor herido de gravedad. Verlo en las portadas de los diarios me causó horror y enorme pena. Me preguntaría después ¿Qué pudo habernos salvado?. ¡Fue mi Angel de la Guarda otra vez?. Debo agradecerle a Dios su protección y que me permite hasta ahora, seguir con mis actuaciones en las noches de Lima. Esta ha sido una historia de la vida real. Gracias.

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