miércoles, 9 de febrero de 2011

MI PRIMERA CITA EN RADIO VICTORIA CON JOSÉ EDUARDO CAVERO ANDRADE. ¡QUÉ ANÉCDOTA!

Mi debut ante el micrófono
Con mis 19 años de vida, repuesto de una despedida intempestiva en el Arsenal Central de Aeronaútica donde, irresponsáblemente se me ocurrió declararme en huelga de "brazos caídos", opté por buscar otro trabajo. Angel Serván, mi hermano mayor, ligado a la radio con Oscar Artacho, me consiguió una primera oportunidad y así estuve integrando unos meses el elenco radioteatral de Elías Roca en la famosa "Radio El Sol".

Siempre, gracias a mi hermano, me enteré de una convocatoria para locutores aparecida en "El Comercio", en Enero de 1953.  Requisitos eran: ser mayor de edad, cultura general y nociones de idiomas extranjeros. Todavía no contaba con Libreta Electoral; mi estatura de 1.74, me hacía "grande"; mi grave voz otro tanto y mis deseos enormes de ser locutor profesional, complementaban estas mis aspiraciones. La cita, en los bajos de la Cabaña  del Paseo de la República.

Nos presentamos 60 postulantes. Recuerdo a Sánchez Pauli y a Manrique, que luego se dedicarían al radioteatro. Estábamos en la mismísima "Radio Victoria", la de los grandes programas y estrellas internacionales. Encargado de la convocatoria, el actor y locutor Juán Felipe Montoya. Uno a uno desfilamos hasta quedar sólo seis. La prueba de fuego, en directo, en la cabina de locución para dar lectura a diversos avisos de promoción y comerciales. Gané y fui citado ante la Gerencia General.

José E. Cavero Andrade
Muy puntual, luciendo el terno de mi hermano, debí esperar a Montoya casi "un siglo". Por los parlantes se oían los musicales de moda. Un letrero decía "SILENCIO". Mi impaciencia, los nervios y mi vocación de músico eran contagiados por el "Begin the beguin" de Col Porter. Empecé a silbar. Un hombre de mameluco blanco, con voz ampulosa, me hizo notar el cartel. Empleando mi "poderosa voz" y creído, por ser el ganador, le aduje que no molestara. Se retiró y continué esperando a Montoya.

Necesité del baño y el portero Lucio, que luego se haría mi amigo, me señaló el lugar. Allí acudí y a lo lejos, otra melodía me invitó a silbar. Tan ensimismado me hallaba que, cual intruso que viola tu privacidad, apareció el "hombre del mameluco blanco". Me amenazó con desalojarme de los estudios y, el "sobrado" de Serván, el ganador del Concurso, lo ignoró y continuó como si nada pasaba. Indignado, me dirigí al auditorio, me senté en una de sus butacas y seguí con mi espera a Montoya. Sin silbar.

Buscaba palabras para saludar al Gerente. Ojalá me acepte y le caiga bién. Mi madre me aconsejó sonreír y no mostrar nerviosismo. ¡Qué tal espera!. Hasta que Montoya llegó. Apuradito, me condujo hasta la Gerencia. Entreabrió la puerta, saludó al señor Cavero, propietario de "Radio Victoria" y me invitó a pasar. Pero... ¡Dios mío! Estaba frente al "hombre del mameluco blanco" que, al verme, exclamó: ¡Maldita sea, el Silbador! Amigos, dejo a su imaginación lo que luego pasó, pero fue la cuna inolvidable de mi vida de locutor. Gracias.

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